Remontando un barrilete en mi cielo imaginario me encuentro yo ahora. Desposeido de todo tipo de realidad, saco conclusiones sobre lo que me depara el destino y me contento con seguir remontando este barrilete, aunque a veces el viento me juegue en contra. El cielo es azul, límpido mar invertido que las nubes no alcanzan a matizar con tenues colores albinos al mediodia. La tension en la tanza no alcanza a distraerme del vaiven homogeneo y oscilante del cometa, que con su cola abigarrada, dividida en pequeños trozos de vitraux desmenuzado, me hipnotiza suavemente mientras el viento sigiloso acaricia mis mejillas carentes de rubor. Frescura. La mañana es inexistente en este cielo imaginario enmarcado con esmeralda y jade, como asi tambien la noche. Me encuentro en un momento que no avanza ni retrocede. Y asi es mejor. La eternidad existe en un universo en el que el tiempo no existe. El tiempo es sinonimo de muerte. Por eso en este cielo imaginario donde reposan mis sueños en almohadas de brisas, no existe la vida y tampoco la muerte. Porque no puede existir una sin la otra. Entonces mi barrilete no esta vivo, ni tampoco el campo o el viento. Pero yo si estoy vivo, aunque mis ojos miran otro cielo en el que no hay barriletes.
Libros recomendados: Cuentos de amor, locura y muerte - Horacio Quiroga
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